Ordunte: viento de frente
 

 
 

MARIO SÁENZ DE BURUAGA /BIÓLOGO

 
 


Hace unos días ha trascendido a los medios un informe elaborado por la Dirección de Biodiversidad y Participación Ambiental del Gobierno vasco en el que se concluye que el proyectado parque eólico de Ordunte, en Vizcaya, tendría un crítico impacto ambiental; ello supone que, prácticamente, a expensas de las alegaciones que la empresa promotora pueda hacer, la declaración final de Evaluación de Impacto Ambiental (EIA) será negativa. En el aludido informe, en su argumentación para descabalgar este parque eólico, se traen a colación aspectos de hábitat y vegetación, de paisaje, de flora amenazada y de fauna. Pertenezco a la empresa que ha realizado todos los estudios faunísticos que se han aportado específicamente para esta EIA y que han resultado codeterminantes para la referida conclusión.

El público debe saber que quien paga la EIA es el promotor de la obra, en este caso Eólicas de Euskadi, S.A. Y debo decir en honor a la estricta verdad que en todo el proceso de más de dos años que ha durado el trabajo desarrollado nunca se ha recibido en nuestro equipo la más mínima presión o sugerencia para que las distintas memorias realizadas al efecto fueran maquilladas o, peor aún, ocultaran, siquiera parcialmente, aquello que se iba redactando en función de los datos e incluso de la opinión, no siempre idéntica en todo, por supuesto, entre los distintos miembros de aquél. Así pues, al César lo que es del César, a Eólicas lo que es de Eólicas y a algunos gurús del ecologismo, que tan a menudo sostienen que las empresas ambientales buscan la rentabilidad sin reparo, dejando los fundamentos éticos en la recámara, pues eso, que por favor no hagan facilona tabla rasa (por cierto, que algún día habrá que salir ya a la palestra para desenmascarar a quien se ampara en el conservacionismo para hacer precisamente negocio, o sea, empresa, dando caña a las administraciones pero sólo cuando, eso sí, la panoja no llega a través de subvenciones y encargos de índole diversa; ya verán ustedes, ya). Si estas palabras sirven para que el promotor no se enoje excesivamente en su reflexión final y frustrada de por qué no puede consumar la instalación eólica, bienvenidas, pero no buscan éso, sino que se dicen como introducción a una reflexión más profunda y amplia acerca de la energía eólica, al menos en Euskadi. Veamos.

En el País Vasco tenemos aprobado un instrumento no desarrollado en ninguna otra comunidad autónoma: el Plan Territorial Sectorial (PTS) eólico. El PTS estudió, ambientalmente sobre todo, los enclaves susceptibles de ser elegidos para la instalación de aerogeneradores, y lo hizo como hay que hacerlo, esto es, previamente a la puesta en marcha de este tipo de energía. Ordunte está, como Elgea-Urkilla, Oiz y Badaia (los tres parques de Euskadi en funcionamiento), dentro de una lista prioritaria integrada por lugares que, en principio, se sugirieron como idóneos desde el Gobierno vasco. Y digo en principio porque para eso están los estudios de impacto, entre otras cosas para corregir lo que haya que corregir, y en todo cualquier planificación puede ser mejorada, o considerar criterios no tomados en cuenta en su día. Desgraciadamente, muchas EIAs son un coladero infumable, algo que obviamente no ha ocurrido aquí. E irrefutable también es que Eólicas de Euskadi, S.A. ha ido allí donde le han marcado, y que para nada tuvo que ver, en su día, con la redacción del PTS; por tanto, falso e injusto sería acusar al promotor de enrocamiento en la elección de esta zona o de cualquier otra que contemple el mencionado PTS.
 

Pero más allá de todo, lo importante realmente a mi juicio es lo que subyace en este tinglado. Me refiero al energético, a ése que mueve los hilos del desarrollo, tantas veces insostenible en las sociedades modernas, sociedades a menudo muy solidarias en los manifiestos teóricos pero mucho menos cuando hay que aplicar lo que aguanta el papel con mucha más comodidad. Así, la cantinela en la que milita, por ejemplo, el gremio de la conservación más estándar, es la de que por supuesto se está a favor de la energía eólica, faltaría más, pero no a cualquier precio. Correcto y lógico; lo que pasa es que la tasación de ese precio es casi siempre la misma, o sea, quien tiene un parque eólico cerca no lo quiere por cuanto considera que sus valores paisajísticos, faunísticos se verían cercenados o seriamente amenazados.


Ahora bien, en este asunto se detecta algo muy frecuente: la opinión rural suele ser distinta a la urbana ya que frente al posicionamiento antes referido y plagado, ya digo, de inercias lanzadas habitualmente desde la ciudad (paradójicamente la que derrocha energía sin reparo), o ante la reivindicación más correcta, esto es, analizar y luego decidir, existe otra, la que por su parte suelen protagonizar los propietarios de los terrenos donde se enclavan los molinos, que ven en estos gigantes aspados una fuente cómoda y perpetua para ingresar cantidades importantes de dinero. Las juntas vecinales suelen ser por este motivo las primeras en apuntarse al sí rotundo a los parques eólicos situados en montes públicos; cuando los terrenos son privados, la verdad es que no suelen coincidir los vecinos de un mismo entorno, y así, unos, propietarios, no ven sino ventajas en los aerogeneradores, y otros, vecinos pero no propietarios, exhiben una sensibilidad extrema y repentina por el paisaje y los pájaros.


Está claro que ni una cosa ni otra, ni la siempre cómoda manifestación del sí pero no aquí, ni la del toma el dinero y corre. La madre del cordero reside, como tantas veces, en tener claro qué peaje pagar por el objetivo que se persigue, y entonces, asumirlo o no. El País Vasco es un territorio pequeño, deteriorado ambientalmente en gran parte de su superficie, sobre todo en sus dos provincias más norteñas, que con un desarrollo industrial potente durante décadas han visto perturbados con reiteración sus bosques, ríos, fauna, flora, paisajes, humanizando éstos hasta la saciedad, llenándolos de redes viarias, energéticas, de cemento. Y ¿dónde quedan los lugares mejor conservados? Pues en las montañas, en las cotas más altas, en aquellos sitios que se han salvado del desarrollismo que no entendía de ecología porque aún no se había inventado esta disciplina o porque se la ignoraba en los despachos. Y es ahí donde corre el viento, en lo más alto; y ahí donde suelen estar los paisajes más valorados por la sociedad, donde los montañeros más acuden, donde se declaran figuras de protección (Red Natura), son ésos los entornos que encuentran las retinas más receptivas.


La Comunidad Autónoma del País Vasco avanza actualmente entre normativas y compromisos que buscan dulcificar la huella ecológica del hombre sobre el medio. Así, existen, por ejemplo, un Programa Marco Ambiental (2002-2006), unas Directrices de Ordenación del Territorio y una Estrategia Ambiental Vasca de Desarrollo Sostenible (2002-2020). En Euskadi el objetivo es que en 2010 se incremente hasta el 12% la participación de las energías renovables en la demanda energética. Pero ¿cómo cumplir este reto sin recurrir a la energía eólica en estos momentos? Todas las ideas no suelen caber a la vez. ¿Deberemos decir quizá que en el País Vasco no se pueden poner más parques eólicos? ¿Y si no es así, dónde sí? ¿Qué coste ambiental se está dispuesto a pagar? ¿Puede parar un parque eólico una colonia de buitres situada en su cercanía? ¿Lo pueden detener dos parejas de alimoches? Si un águila real muere contra un aerogenerador ¿detenemos el parque? ¿O sólo el molino contra el que se ha chocado? ¿P ése y los tres que hay al lado? El peaje, eso es lo que hay que discutir, debatir y asumir en la dirección que se decida. Ese debate falta y debe ser sincero y valiente.

Personalmente, con los datos que como equipo técnico hemos conseguido y facilitado al promotor de Ordunte y en definitiva al Gobierno vasco y a la sociedad, estoy satisfecho y éticamente tranquilo; se nos pidió un diagnóstico faunístico y ahí está. Pero no tengo por menos que confesar que siento una doble sensación encontrada: por un lado, la sierra seguirá sin aerogeneradores (lo que creo que es mejor desde, al menos, el punto de vista paisajístico), y por otro, ello supone un claro traspiés para no seguir avanzando en luchar contra el cambio climático, sin duda una de las amenazas que nos lo va a hacer pasar muy mal en el futuro si no nos damos mucha prisa en detener la vorágine en el consumo de combustible fósil

 
 

.
imprimir articulo en PDF.